Hace ya tiempo venimos oyendo hablar de participación ciudadana. Hablan los políticos desde sus posiciones de poder, hablan los académicos desde sus posiciones epistemológicas, hablamos los ciudadanos desde nuestras distintas posiciones en la sociedad y en la comunidad… Hay muchas formas de entender la participación ciudadana y, por tanto, muchas fórmulas para tenerla más controlada o más flexible, más amplia o más restrictiva, pero no todas son válidas para hacer participAcción.
Hay formas de participar en lo que otros construyen para nosotros, con sus normas y sus objetivos, que constituyen un fin en sí mismo y que admiten fórmulas que pueden ir desde el mero suministro / control de información, pasando por la consulta hasta la deliberación y proposición y, a veces, pocas, hasta la toma de decisiones de forma responsable. En este amplio campo somos muchos también los que pensamos que solo cuando hay capacidad de decisión podemos hablar de participación. Sin necesidad de ponerle “apellidos” (real, efectiva…).
Y hay formas de hacer participación que son creaciones colectivas donde los sujetos de la participación son los principales protagonistas del hacer y, por tanto, no se rigen por normas ajenas sino por las que deciden colectivamente. La participación aquí es a la vez medio y fin, el proceso es tan importante como el resultado, nadie impone un control ni fórmulas predeterminadas sino que la participación se va haciendo a lo largo del camino, desde la identificación de los problemas hasta la toma de decisiones y su puesta en marcha. Por eso la denominamos participación-acción, o participAcción.
En nuestra realidad cotidiana, en el aquí y ahora de nuestro territorio, Madrid, encontramos unas y otras y, si bien, unas prevalecen sobre otras ya sea porque vienen de la mano de los poderes instituidos, ya porque son las únicas que tenemos a mano o porque son las únicas que conocemos, es importante que podamos conocerlas todas para saber hacer buen uso de ellas y hacer nuestras elecciones.