La ciudad como espacio público ha sido desde siempre una de nuestras prioridades a la hora de abordar el trabajo vecinal.
Un espacio público que entendemos desde una nueva lectura que recupera para las comunidades ese espacio común que poco a poco el mercado ha ido acaparando, ese espacio compartido que, además de la configuración de nuestros barrios, de nuestras calles y plazas, de nuestras viviendas…, incluye los bienes y recursos naturales que sustentan la vida de las personas (agua, tierra, aire…) y aspectos de la vida cotidiana que aseguran su reproducción (salud, educación, cuidados…) hasta ahora reservados al estado (cada vez menos), al mercado (cada vez más) o a la invisibilidad del ámbito doméstico, especialmente gestionado por las mujeres.
Espacio común que, necesariamente, tiene que ser inclusivo, asequible, abierto, solidario y creativo, tejido de múltiples espacios de encuentro, de redes locales que mantengan las referencias de nuestro mundo globalizado, al tiempo que nos cuida y donde cuidamos.
Desgraciadamente, no es este el espacio en el que se inscriben nuestras ciudades y, en concreto, la ciudad de Madrid, desde hace décadas sumida en un caos urbanístico que ningún PGOUM ha conseguido resolver, pues el objetivo de este Plan General, nunca ha sido hacer una ciudad para las personas.
El modelo de ciudad que tenemos, es la ciudad que nos han ido dibujando, año a año, los poderes económicos y políticos que nos han estado gobernando. Mientras las vecinas y vecinos dedicábamos nuestros esfuerzos a exigir equipamientos para nuestros barrios y programas sociales para nuestras gentes, cuestiones de más fácil acceso y de mayor urgencia, en general, hemos dejado en manos de los distintos gobiernos municipales y de los lobbys económicos, las “grandes decisiones”, las decisiones estratégicas.
El modelo de ciudad tampoco es algo aislado al modelo de sociedad que nos domina, ni a la cultura, la educación o el modelo de participación, de representación política…
Por eso, aun cuando las movilizaciones ciudadanas se dan en respuesta a situaciones específicas, es importante situarlas siempre en relación con el objetivo final que nos hemos marcado, en este caso una ciudad inclusiva, porque es una forma de visibilizar si los pasos que estamos dando nos llevan a ella o nos alejan.
Y saber quién gana y quién pierde con cada una de esas actuaciones, muchas veces nos aclaran las relaciones de poder que las sustentan.
Este es el contexto en el que la asociación vecinal nos hemos movido durante estas últimas décadas. Y, además de grandes movilizaciones, como la oposición a hacer un túnel de la M30 bajo la calle Monforte de Lemos, que activó a miles de vecinas y comerciantes del barrio, y que conseguimos revertir, hemos realizado muchas otras recurrentes, exigiendo la accesibilidad de nuestras calles y aceras, elemento clave de una ciudad para todas las personas.
Muchas de estas actuaciones podéis leerlas en nuestra última publicación “Hacia un urbanismo inclusivo” (Madrid, 2024)
